I've got beats deep in my soul, traducción personal

Gabriel Acevedo Velarde


Antes de vivir en Berlín casi no había escuchado música tecno. Mi reacción, en algunos clubes o raves, siempre había sido de infundado rechazo. Cuando empecé a ir a clubes de tecno aquí en Berlín, quería entender un poco más del género, así que conseguí varios autores "clásicos", entre ellos Paul Johnson. Bajé un set en vivo de este DJ de música house, en donde pone un tema que me gustó en especial. Según me informé después, el tema es Shined on Me, de Praise Cats, un hit del 2002. Es bastante cursi, pero se me pegó por unas semanas. Lo que más me gustó en realidad es la letra, que entendí así:


I've got beats deep in my soul
I've got a love making me holy
Since you opened up your heart and shined on me


El primer verso quedó rebotando en mi cabeza más que el resto: "I've got beats deep in my soul". Si traducimos beats, en este contexto, como "golpes de percusión", este verso se podría traducir como: "Tengo golpes de percusión en lo profundo de mi alma".

Desarrollé entonces una mitología personal a la que me aferré esperanzadamente, en medio de mi caos mental de inmigrante, que se basaba en ese primer verso clave ("Tengo golpes de percusión en lo profundo de mi alma") y lo que para mí implicaba: el reconocimiento de que, en lo profundo del alma, sólo hay una repetición esencial, ritmos, tempos entrecruzados. Dado que el tecno era el primer género musical que escuchaba en mi vida que no tenía nada que ver con la música que me enseñaron a apreciar mis padres, la idea de esta esencia vital rítmica significó una final liberación del mundo de ellos. Yo diría que del mundo de mi padre en particular, abundante en compromisos políticos.

Un día se me ocurrió buscar la letra del tema en internet y con sorpresa leí que no decía lo que yo pensaba. En realidad, la voz canta "I've got peace deep in my soul" y no "I've got beats deep in my soul". Lo que traducido al castellano sería “Tengo paz en lo profundo del alma", y no "golpes de percusión".

Pero mi reacción fue agarrarle más cariño a mi traducción de oído, que hacía evidente el deseo de encontrar tierra firme en la búsqueda de razones para trabajar y vivir, más allá de motivos políticos heredados de otras generaciones. Ahora no quedaba más que pujantes ritmos y golpes de percusión, lo me llevó a pensar, por otro lado, que desde este impulso vital se despliega el "sentido común del amor", que es el reconocimiento de que todos tenemos la misma convulsión rítmica. Ese reconocimiento, pensé entonces y sigo pensando ahora, debería ser la esencia de cualquier ética o compromiso político.